Martini No. 1 ft. The Connaught
The Connaught bar en Londres.
Las calles de Mayfair son notoriamente tranquilas y ordenadas. Ubicado entre el bullicio de Oxford Street y la serenidad de Hyde Park, es el distrito más exclusivo de Londres. Las casas son adosadas y de estilo victoriano, con fachadas de color rojo ladrillo y ventanas grandes. Los edificios son serios, majestuosos y con proporciones elegantes. Las calles conectan boutiques de alta costura con galerías de arte y hoteles de cinco estrellas.
Pasear por Mayfair es experimentar el quiet luxury. Se respira un aire de refinamiento; las tiendas de lujo no tienen publicidad invasiva, los escaparates son elegantes y discretos, y en cada esquina se esconde una joya. El Connaught no era la excepción. Sinónimo de elegancia clásica y tradición, ha sido hogar de miembros de la realeza, figuras históricas y la razón de mi visita: el bar número uno del mundo.
No fue al primero sino al segundo intento que el icónico Connaught bar nos abrió sus puertas. Decoración Art Decó, paredes texturizadas en hojas de plata platino, espejos y una barra de color gris frío dibujaban el singular ambiente. El ruido seco de la coctelera, la luz baja y el Straight up with style eran la promesa del cóctel perfecto.
The Connaught bar en Londres.
The Connaught bar en Londres.
Cuando el Martini Trolley se acercó a nuestra mesa, sabíamos que la magia estaba por empezar. El laboratorio y el alquimista estaban frente a nosotros. El maestro de la mixología nos entregó una pequeña cartilla. Solo segundos después entendimos que se trataba de una paleta olfativa como aquellas de las más finas casas de perfumería. En cada casillero, se iban depositando las gotas de una esencia: los bitters que iban a darle ese toque único a nuestro Martini. Lavanda, haba tonka, coriandro, cardamomo y su famoso blend de bergamota y ginseng. La elección fue fácil. Reconocí la bergamota al instante: ese golpe cítrico y elevado del Earl Grey que tomo en casa cada mañana.
Con precisión quirúrgica, agitó el hielo. Stirred, never shaken. Cuando la mezcla estuvo lista, elevó la jarra y vertió elegantemente el cóctel. Al mismo tiempo que el líquido caía en la copa, la piel de limón lo iba perfumando. El sello final: dos o tres gotas de mi blend cayeron sobre el cóctel dejando círculos etéreos de aceite, cítricos y aroma. Cerré los ojos, lo probé y mi piel se erizó. No era cualquier martini, era mi Martini.
The Connaught bar en Londres.