Unas palabras de despedida a mis brackets
Acostada sobre la silla dental, con un espejo facial en mis manos mientras me alumbraba una luz extremadamente blanca, observé por primera vez unas piezas metálicas rodeando todos mis dientes. Lo primero que pensé fue: este será un año muy incómodo para sonreír, pero jamás se cruzó por mi mente que se detonaría una revolución interna que cambiaría mi relación con la comida, volviéndola más pausada y significativa.
Nadie me advirtió que durante los 20 los dientes también cambian. Un día simplemente mi diente incisivo inferior, o como lo llamaría mi mamá, “el diente de conejo”, de esos que te salen primero cuando eres bebé, empezó a sobreponerse con rebeldía sobre el diente de al lado, sin ninguna causa aparente. Al principio no me molestaba, sin embargo, luego la situación se fue agravando. Decidí apostar por el tratamiento de ortodoncia priorizando la importancia de tener una buena mordida, pero gané mucho más que eso.
Desde que los brackets son parte de mi ser, tengo el superpoder de pensar en fracciones. En cada comida, mi plato llega como un todo armonizado, pero a medida que lo consumo, se convierte en una hoja de cuaderno de matemáticas. Hay pedazos de los ingredientes en todo el plato y, por supuesto, de distintas dimensiones. Gracias a esta práctica he aprendido a saborear y prestar atención a la textura de la carne en sus distintos niveles de cocción; además, convertir un patacón en cuadritos para lograr comerlo acompañado con los pequeños pedazos de queso. La ensalada rusa se ha convertido en una de mis favoritas, especialmente si está cubierta con mucha mayonesa, porque ninguno de sus ingredientes tiene que fraccionarse para lograr morder y saborear.
Ahora en cada tazón de sopa contemplo el cosmos. Está lleno de diferentes elementos, como planetas y estrellas, que lo hacen caóticamente hermoso. Después de cada revisión mensual, lo último que deseas hacer es morder, y al estar en Ecuador, un país con un gran abanico de opciones de sopas, tengo de donde escoger. He empezado a captar el degradé de colores amarillos intensos de un locro de papa o de una sopita de queso adornada de los tradicionales fideos cabello de ángel. Con el tiempo he llegado a identificar los sabores de cada cucharada, como en la crema de vegetales, donde soy más consciente del brócoli, papa, espinaca y la hierba infusionada.
Debo confesar que hay noches en las que he soñado con dar una sola y gran mordida a una hamburguesa o a una manzana con un rojo intenso sin el miedo de que los brackets se despeguen. Sin embargo, ahora también gozo de masticar lento, descifrando cada ingrediente escondido en el plato; los pedacitos de chicharrón en el tigrillo o los de arvejas y zanahoria que encuentras en el arroz relleno que te brindan en las fiestas de cumpleaños. Disfruto de tomarme el tiempo de masticar cada uno de los granos de arroz.
Es extraño pensar cómo, junto a unos aparatos metálicos, me atreví a vivir experiencias sensoriales como nunca antes. Encontré algo romántico en comer en fracciones, masticando sin prisa.
Líquida es la primera edición impresa de Revista Chiú, en la que exploramos las bebidas fermentadas y alcohólicas de Ecuador y Latinoamérica a través de diversas voces y formatos, incluyendo crónicas, ensayos, recetas, guías gastronómicas, fotografía y más. En esta edición, chicha, miske, cerveza artesanal, vinos de la mitad del mundo, cantinas vintage, coctelería contemporánea, historia y antropología de las bebidas, las mejores barras del país, bebidas no-low, y destilados de caña son los protagonistas. A través de ellos, reflexionamos sobre qué bebemos y por qué bebemos. (Agosto, 2024)